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El país de los Fenec

“Dicen que los esclavos que trabajan en las salinas mueren abrasados.
Quemada la piel, quemada la vista, quemada el alma.
Viven en un mundo monocromo donde sólo existe el blanco, donde no hay principio ni fin,
donde se confunde verdad y ficción, un lugar donde el reflejo es tan tangible como la propia realidad.
Un horizonte infinito que juega a desorientar tu mente…
…siempre inalterable, quieto, duplicado.”
Mdolors G-Luumkab
Las duras condiciones de vida de los esclavos que extraían sal en el desierto del Sáhara en el s. XVII, me introdujo en un mundo desconocido y las salinas de Marsala y las de Trapani e Paceco, en Sicilia, me brindaron el escenario perfecto para transmitir un oficio que aún hoy, en algunos lugares, sigue realizándose de manera artesanal.
La sal, que en otros tiempos sirviera incluso de moneda de cambio y a la que hoy muchos denuestan, impone sus propias reglas, reglas que quedan patentes en la relación del ser humano con este entorno.
Hablo del ser humano, obviando su figura, y dejo que sus vestigios nos interroguen y permitan que nos sumerjamos en este universo paulatinamente. Narro la vida de estas personas, a través de las huellas que dejan, pero sobre todo a través de su relación con el paisaje, de las alteraciones que le infringen, de las construcciones que levantan, de sus herramientas. Un paisaje hostil al que vamos acercándonos poco a poco, un mundo quemado por el sol y la sal, donde la luz y su reverberación lo inundan todo.
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