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Sushi bar

SUSHI BAR (by Luumkab)

Roberto Espinoza, o Robert, como lo conocía todo el mundo, era el más prestigioso cocinero de barra de sushi de toda Costa Rica, trabajaba desde hacía dos años en el hotel más lujoso del corredor de Manuel Antonio, y su fama no hacía más que crecer día a día. Manejaba los cuchillos con precisión quirúrgica, eso junto con la calidad de la materia con la cual trabajaba, hacían de sus platillos japoneses algo único. Él siempre les confería un aire “tico”, no en vano los productos eran locales y generalmente añadía un toque con hierbas, plantas o flores de la región. Estaba orgulloso de su trabajo y feliz del reconocimiento del mismo. Todavía alardeaba explicando cuando cerraron el hotel al público porque vino Obama con su familia. Y cómo les sirvió en la piscina principal, la de las hamacas colgantes sobre el agua. Aquel tipo le era simpático, pero quien realmente le cayó bien fue Michelle, la que fuera primera dama supo apreciar todos los matices de la comida, así como que les había preparado atún de aleta amarilla y dorado.

Poco se acordaba ya de Joana, sólo de vez en cuando, era más un ideal latente en su memoria, que una realidad tangible. Entonces llegó aquella pareja, como tantas otras que se alojaban en Makanda by the sea, y se acercaban al sushi bar en busca de un almuerzo ligero y un coctel. Era 24 de junio y Robert había estado de fiesta hasta el amanecer, entrar aquel día a las diez de la mañana sin apenas haber dormido le parecía una tortura, aun así, cuando el hombre se acercó para pedirle una cerveza, él cordialmente le dio conversación, el tema recurrente siempre era el fútbol, aunque personalmente no le gustaba lo más mínimo, su verdadera pasión era el surf.

No sabía a ciencia cierta qué edad tendría, rondaría los 50, de mediana altura, lucía barba y un cuerpo atlético, era cordial y parlanchín, y su cara le era familiar. Creía recordar que le había dicho que era de España, pero la verdad, es que su cerebro aquel día no estaba para almacenar muchos datos. Dieron las 6 de la tarde y Robert se marchó directo a casa, necesitaba dormir con urgencia, fue entonces, en la soledad de su habitación, cuando su cerebro en vez de desconectar buscando el ansiado descanso, empezó a trabajar frenéticamente. Messi, Suárez… la conversación con el señor de la barba canosa apareció nítida delante de sus ojos y los nombres vinieron a su mente

—Soy de Barcelona— le había dicho

¡BARCELONA! ese fue el detonante.

Habían transcurrido más de 15 años, él sólo era un muchacho de catorce que se ganaba unos colones rentando tablas en el negocio de un comerciante de la capital. Era un miércoles de agosto, cuando llegó ella, con la melena rubia y los ojos de color miel, luciendo un bikini en color naranja flúor, y la piel suavemente bronceada, se fue directamente a una de las mejores planchas de surf que había.

—¿Qué cuesta?— le preguntó en castellano

—Thirty dollars for two hours— le respondió, con el poco inglés que sabía, intuyendo que era gringa.

Pensó que aquella muchacha sabía poco de surf, y que su elección se debía a que los dibujos hacían juego con su bañador.

—Es una tabla demasiado grande para ti, toma mejor ésta— añadió en español.

Ella le miró contrariada y añadió en tono desafiante

—¿Está disponible?

La muchacha a sus dieciséis años había ganado diversas competicionesy le molestaba que cualquiera que no la conociese le dijese qué tenía que hacer simplemente por el hecho de ser joven y ser mujer.

—Sí claro, pero …

No le dejó acabar, había depositado el dinero encima del pequeño mostrador

—Estoy esperando.

—Joana cariño, ¿No crees que es demasiado larga para ti?— dijo un señor que hacía rato curioseaba por la tienda.

—¡Papá, mira las olas! Con este mar me siento mejor con una tabla larga.

Y sí, sí que sabía surfear, lo hacía como nadie, se pasó viéndola aquellas dos horas remontar las olas y deslizarse como pocas personas sabían hacer. Luego regresó y le rentó la tabla por una semana. Cuando la muchacha se iba, él se atrevió a decirle

—Playa Matapalo tiene mejores olas.

Ella se giró, subió el pulgar de su mano derecha y añadió

—Pura vida.

Aquella tarde Robert fue a Matapalo como de costumbre, con la esperanza de que Joana estuviera allí, pero en el agua sólo estaban los mismos de siempre. Tampoco la vio al día siguiente. El viernes, apenas despuntaba el sol cuando el joven llegó a su playa favorita y allí estaba ella, flotando entre las olas. Surfearon juntos ese día y al otro y todos los demás. Pasaron horas y horas en el mar, uno al lado del otro.

Pero la semana pasó, se acabaron las vacaciones y ella se fue. Se había ido, y ni siquiera sabía su nombre completo, ni su celular, ni su dirección, sólo tenía un nombre Joana, una ciudad Barcelona y una mirada color miel clavada en lo más hondo de su ser.

Y ahora a él, al mejor cocinero de barra de sushi de toda Costa Rica, se le despertó el deseo de dejarlo todo e ir en busca de su amor idílico, de encontrar a Joana. Lo que no sabía, es que el señor de la barba cana era su padre y que él y Joana ese mismo día habían abandonado el hotel.