Casa del agua


Los habitantes de Nahá, viven a medio camino entre un pasado reciente todavía arraigado pero con el que ya no comulgan y con el que difícilmente se identifican y un presente globalizado al que quieren pertenecer. Transitan entre el aislamiento (se hallan a 3-4 horas de camino en carro por pista de terracería) y un mundo exterior de luces relampagueantes que no siempre acaban de entender, pero que abrazan porque les promete nuevas oportunidades. Habitan en un área protegida, de tan sólo 1987 Ha, donde ya no se encuentran felinos, ni venados, las mujeres ya no adornan su pelo con plumas, pues casi no hay pájaros, y sus collares ya no están hechos de semillas, son abalorios “made in China”. Tienen prohibido tumbar árboles, aunque a decir verdad es extraño encontrar caobas o cedros, las áreas circundantes han sido taladas y ya casi no queda selva, ni tampoco animales. Por tanto ya no pueden fabricar cayucos con los que cruzar la laguna para ir pescar o a cosechar sus milpas, ni fabricar tambores imprescindibles para sus rituales, ni abastecer su despensa. Pero para compensarles les han creado un centro ecoturístico y les han provisto de unas magníficas barcas de fibra de vidrio con las que pueden pasear a 8 turistas (nadie tuvo en cuenta que aquí apenas llegan visitantes) que languidecen en la laguna degradándose sin reciclarse. Los más afortunados tienen televisión y DVD, pero en el poblado no hay médico y no siempre llega el maestro a la escuela, pero pueden ver las telenovelas y en breve también tendrán internet. Como Nahá muchos lugares en el mundo han visto como las normas del mundo global les dicta unas pautas a veces contrarias al equilibrio que mantenían con el territorio donde habitan. Les proveen de algunos elementos pero no de la gestión de los mismos. Les hacen cambiar su forma de vida, pero de ninguna manera los integran en aquella que les hacen anhelar. Este reportaje es una muestra de cómo es un día cualquiera en esta aldea de la selva chiapaneca.